A » B » C » D » E
F » G » H » I » J
K » L » M » N » O
P » R » S » T
U » V » W » Z


Barnes & Noble swings to loss
Moreover Technologies - Premier purveyor of real-time news and RSS feeds from across the Web

Hawker CEO Schuster announces retirement
Ad -

Barnes & Noble swings to loss
Barnes & Noble Inc. reported a larger-than-expected loss for the third quarter yesterday and gave little indication that the holidays would be much brighter. The book seller said significantly lower customer traffic and spending at its stores drove down

La Espuma by D. Armando Palacio Valdes



D >> D. Armando Palacio Valdes >> La Espuma

Pages:
1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 | 29


LA ESPUMA



OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDES

TOMO VII

LA ESPUMA

1922





I

#Presentacion de la farandula.#


A las tres de la tarde el sol enfilaba todavia sus rayos por la calle de
Serrano banandola casi toda de viva y rojiza luz, que heria la vista de
los que bajaban por la acera de la izquierda mas poblada de casas. Mas
como el frio era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la
acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferian recibir
de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban,
tambien calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel
de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal
hora y por tal calle una senora elegantemente vestida. Tras si dejaba
una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus
comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde
partian tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la mas
grande y hermosa de Madrid, tiene un caracter marcadamente provincial:
poco trafago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoria a la venta de
los articulos de primera necesidad; los ninos jugando delante de las
casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta
con los mancebos de las carnicerias, pescaderias y ultramarinos. Asi
que, no era facil que la gentilisima dama pasara inadvertida como en las
calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se
estaban quietos posabanse con complacencia en ella. Se hacian
comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decian
chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacian prorrumpir
en rugidos de gozo barbaro a sus companeros. Uno de los mas salvajes y
pringosos vertio en su oido, al cruzar, una de esas brutalidades que
enrojeceria subito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haria
llamar al _policeman_ y hasta quiza pedir una indemnizacion. Pero
nuestra valiente espanola, curada de melindres, no pestaneo siquiera:
con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo
de la calle, continuo su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo.
Nadie podia mirarla sin sentirse poseido de admiracion, mas aun que por
su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardia de la
figura. Llegaria bien a los treinta y cinco anos. El tipo de su rostro
extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los
cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extrana mezcla de
razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la
italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que
semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Napoles. En ciertos
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.

La expresion predominante de su rostro en aquel momento era la de un
orgulloso desden. A esto contribuia quiza la luz del sol, que le
obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en
aquel rostro no habia dulzura. Debajo de sus lineas correctas y firmes
se adivinaba un espiritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no
eran los serenos y limpidos que sirven de complemento adorable a ciertas
fisonomias virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro pais y
mas a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para
expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quiza alguna vez
tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y
mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero
apuntado, de color rojo, con pequeno y claro velo, rojo tambien, que le
llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuian a
dar al rostro el matiz extrano que impresionaba a los que a su lado
cruzaban. Vestia rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del
sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por
entonces la ultima moda.

Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los
ojos: estos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir
con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de
Jorge Juan, no advirtio la presencia de un joven que desde la acera
contraria y caminando a la par con ella la miraba con mas admiracion aun
que curiosidad. Al llegar aqui, sin saber por que, levanto la cabeza y
sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien
perceptible de disgusto siguio a tal encuentro. La frente de la dama se
fruncio con mas severidad y se acentuo la altiva expresion de sus ojos.
Apreto un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se
detuvo y miro hacia atras, con objeto sin duda de ver si llegaba un
tranvia. El mancebo no se atrevio a hacer lo mismo: siguio su camino, no
sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil senora no
se digno corresponder. Llego al fin el coche, monto en el dejando ver,
al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fue a
sentarse en el rincon del fondo. Como si se contemplase segura y libre
de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se
posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje habia;
mas no desaparecio del todo la sombra de preocupacion esparcida por su
rostro, ni el gesto de desden que hacia imponente su hermosura.

El juvenil admirador no habia renunciado a perderla de vista. Siguio,
cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vio cruzar el
tranvia se agarro bonitamente a el y subio sin ser notado. Y procurando
que la dama no advirtiese su presencia, ocultandose detras de otra
persona que habia de pie en la plataforma, se puso con disimulo a
contemplarla con un entusiasmo que haria sonreir a cualquiera. Porque
era grande la diferencia de edad que habia entre ambos. Nuestro muchacho
aparentaba unos diez y ocho anos. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado
como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y
tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser
una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba
notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnetica que los
ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo
mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba
rayos de admiracion apasionada. Torno a nublarse su rostro; volvio a
advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre
chico la injuriase con su adoracion. Y ya desde entonces empezo
claramente a dar senales de hallarse molesta en el coche, moviendo la
hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de
apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San Jose, frente a cuya iglesia
hizo parar y bajo, pasando por delante de su perseguidor con una
expresion de fiero desden capaz de anonadarle.

O muy temerario era o muy poca vergueenza debia de tener este cuando
salto a la calle en pos de ella y comenzo a seguirla por la del
Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor
disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguia
lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres
cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por
un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales,
que al mirarla se embebian y daban fuertes tropezones.

--iMadre mia del Amparo, que mujer!--exclamo en voz alta un cadete
agarrandose a su companero como si fuese a desmayarse del susto.

La hermosa no pudo reprimir una levisima sonrisa, a cuya luz se pudo
percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje
descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo
reverente, al cual respondio ella con una imperceptible inclinacion de
cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo
vacilante, miro a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo
le volvio la espalda con ostensible desprecio y comenzo a descender con
mas prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causo entre los
transeuntes la misma emocion. Tres o cuatro veces se detuvo delante de
los escaparates aunque se advertia que mas que por curiosidad se paraba
por el estado nervioso en que la persecucion tenaz del jovencito la
habia puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla,
resolviose a entrar en la joyeria de Marabini. Sentose con negligencia
en una silla, levanto un poquito el velo del sombrero y se puso a
examinar con distraccion las joyas recien llegadas que el dependiente de
la tienda fue exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de
las miradas de su adolescente adorador. Porque este, con toda comodidad,
sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una
insistencia que la encolerizaba cada vez mas.

La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde
brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era
digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenia a joya tan
delicada. Asi debio de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el extasis
apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmorea de su figura. Al fin la
dama, no pudiendo vencer la irritacion que esto la producia, alzose
bruscamente de la silla y despidiendose con una frase seca del
dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salio del
comercio y llego hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aqui se detuvo;
luego dio algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar
en el; pero de pronto cambio de rumbo, y con paso firme se dirigio hacia
la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar
a la mitad de ella proximamente, entro en una casa de suntuosa
apariencia, no sin lanzar antes una rapida y furibunda mirada a su
perseguidor, que la recibio con entera y rara serenidad.

El portero, que estaba plantado en el umbral atusandose gravemente sus
largas patillas, despojose vivamente de la gorra, le hizo una profunda
reverencia y corrio a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la
escalera, apretando en seguida el boton de un timbre electrico. Subio
lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta
estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando.

La casa pertenecia al Excmo. Sr. D. Julian Calderon, jefe de la casa de
banca _Calderon y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella,
sirviendose por escalera distinta de los demas pisos, que tenia
alquilados. Este Calderon era hijo de otro Calderon muy conocido en el
comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con
ellas habia hecho una buena fortuna y que en los ultimos anos de su vida
la habia acrecentado, dedicandose, a la par que al comercio, al giro y
descuento de letras. Fallecido el, su hijo Julian continuo su obra sin
apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas
casadas, la una con un medico, la otra con un propietario de la Mancha.
A su vez estaba casado, bastantes anos hacia, con la hija de un
comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomas Osorio, padre tambien del
conocido banquero madrileno del mismo nombre, que tenia su hotel con
honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramon de la Cruz.
La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este
banquero, y hermana politica, por lo tanto, de la senora de Calderon.

Paso por delante del criado sin aguardar a que este la anunciase, avanzo
resueltamente como quien tiene derecho a ello, atraveso tres o cuatro
grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica
cortina de raso con franja bordada, entro en una habitacion mas reducida
donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillon mas proximo
a la chimenea estaba arrellanada la senora de la casa, mujer de unos
cuarenta anos, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y
hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castano claro
excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra
senora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de
extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en
toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de
Espana. Las tres jovenes que sentadas en sillas seguian la fila, eran
sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo fisico, si bien no la
imitaban en la movilidad: rigidas y silenciosas, los ojos bajos, con
modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el
regimen severo a que las tenia sometidas su viva y nerviosa mama. Con
una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los senores
de Calderon, nina de catorce o quince anos, carirredonda, de ojos
pequenos, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello,
pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta nina gastaba aun los
cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que
la ultima de las de Alcudia, con quien sostenia timida e intermitente
conversacion. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y
caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que asi nombraban a la hija
de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una
_matinee_ azul, demasiadamente corta para sus anos. Los senores de
Calderon solo tenian esta hija y un nino de dos anos. Frente a la
senora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patino, conde
de Morillejo. Hallase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en
sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises estan
esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Victor Manuel, la
perilla apuntada, la nariz aguilena le dan un aspecto simpatico y
gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristocrata. A su lado, en
otra butaca, estaba Calderon, hombre de unos cincuenta anos, grueso, de
cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos
redondos, vagos y mortecinos. Cerca de el una senora anciana, que era la
madre de la esposa de Calderon, aunque mucho se diferenciaba de ella en
el rostro y la figura: delgada al punto de no tener mas que la piel
sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en
todos los rasgos de su fisonomia inteligencia y decision. Hablando con
ella esta Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no
tiene canas, se adivina facilmente que esta tenido: su rostro es el de
un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomia bonachona, ojos
saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento
observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en
toda su persona.

Al ver en la puerta a nuestra bellisima dama, la tertulia se conmovio.
Todos se alzan del asiento, excepto la senora de Calderon, en cuyo
rostro parado se dibujo una vaga sonrisa de placer.

--iAh, Clementina! iQue milagro el verte por aqui, mujer!

La dama se adelanto sonriente, y mientras besaba a las senoras y daba la
mano a los caballeros, respondia a la carinosa reprension de su cunada.

--iAnda! Aplicate la venda, hija, tu que no pareces por mi casa mas que
por semestres.

--Yo tengo hijos, querida.

--iMiren ustedes que disculpa! Yo tambien los tengo.

--En Chamartin.

--Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo.

Clementina se sento entre su cunada y la marquesa de Alcudia. Los demas
volvieron a ocupar sus asientos.

--iAy, hija!--exclamo aquella respondiendo a la ultima frase.--iSi
vieras que catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de
Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y
tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire
colado se me metio en los huesos.

--Ha tenido fortuna ese aire--manifesto con sonrisa galante el general
Patino.

Todos sonrieron menos la interesada, que le miro con sorpresa abriendo
mucho los ojos.

--?Como fortuna?

Fue necesario que el general le diese la galanteria mascada; solo
entonces la pago con una sonrisa.

--?No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina.

--iAdmirable! como siempre--respondio su cunada.

--Yo le encuentro falto de maneras--expreso el general.

--iOh, no, general!... Permitame usted....

Y se empeno una discusion sobre si el famoso tenor poseia o no poseia el
arte escenico, si era o no elegante en su vestir. Las senoras se
pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.

Del tenor pasaron a la tiple.

--Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el
acento convencido de un inteligente.

--iOh!--exclamo Calderon.

--Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ?no le parece a
usted, Clementina?

Esta corroboro la especie.

--No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no
indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distincion
en las maneras--se apresuro a decir el general, echando al mismo tiempo
una miradita a la senora de Calderon.

--Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rabano por las
hojas--manifesto la marquesa con extraordinaria viveza, atacando despues
con brio y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.

Generalizose la disputa, y sucedio lo contrario que en la anterior. Los
caballeros se mostraron benevolos con la cantante mientras las senoras
le fueron hostiles. Pinedo la resumio, diciendo en tono grave y solemne,
donde se notaba, sin embargo, la socarroneria:

--En la mujer, las buenas formas son mas esenciales que en el hombre.

Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada
significativas. La marquesa miro al pulcro caballero con dureza y
despues se volvio rapidamente hacia sus hijas, que seguian con los ojos
bajos, en la misma actitud rigida y silenciosa de siempre. Pinedo
permanecio grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa mas
natural del mundo.

--Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener tambien buenas
formas--manifesto la panfila senora de Calderon.

Al decir esto se oyo un resuello debil, como de risa reprimida con
trabajo. Era la ultima nina de la marquesa de Alcudia, a quien su mama
dirigio una mirada pulverizante. La fisonomia de la nina volvio
instantaneamente a su primitiva expresion timida y modesta.

--Es una opinion ...--respondio Pinedo, inclinandose respetuosamente.

Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa
propiedad de Calderon, desempenaba un empleo de bastante importancia en
la Administracion publica. Los vaivenes de la politica no lograban
arrancarle de el. Tenia amigos en todos los partidos, sin que se hubiese
jamas decidido por ninguno. Hacia la vida del hombre de mundo; entraba
en las casas mas aristocraticas de la corte; trataba familiarmente a la
mayoria de los personajes de la banca y la politica; era socio antiguo
del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches
con los jovenes aristocratas que alli se reunian, quienes le trataban
con harta confianza que no pocas veces degeneraba en groseria. Era
hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los
hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio
que sentia hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortes
e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satirico que le
servia para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna,
de las demasias de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le
profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocia su
procedencia, aunque se daba por seguro que habia nacido en humilde cuna.
Unos le hacian hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban
granuja de la playa de Malaga en su juventud. Lo que se sabia de
positivo, era que hacia ya muchos anos habia aparecido en Madrid como
parasito de un titulo andaluz, el cual, despues de haber disipado su
fortuna, se salto los sesos. En la compania de este, nuestro Pinedo
adquirio gran numero de relaciones utiles, llego a conocer y tratar a
toda la gente que hacia viso, entre la cual era popular. Tenia el buen
tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y
soberbio, dejandole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio
seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su caracter
socarron, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos limites,
despertaba a menudo la alegria en las tertulias; bastaba para darle en
ellas cierta significacion, que de otro modo no hubiera disfrutado.

No tenia mas familia que una hija de diez y ocho anos llamada Pilar. Su
mujer, a quien nadie conocio, habia muerto muchos anos hacia. Su sueldo
era de cuarenta mil reales, y con el vivian economicamente padre e hija,
en el tercero que Calderon les dejaba por veintidos duros al mes. Los
gastos mayores de Pinedo eran de representacion. Como frecuentaba una
sociedad muy superior a la que, dada su posicion, le correspondia, era
preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la
necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las
pilastras en que su empleo se sustentaba, imponiase tales dispendios sin
vacilar, ahorrandolo en otras partidas del presupuesto domestico. Vivia,
pues, en situacion permanente de equilibrio. El empleo le permitia
frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras estos le ayudaban
inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningun ministro se atrevia
a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las
tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenia el honor de hablar
alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrian por los
salones y se celebraban mas quiza de lo que merecian, por lo mismo que
en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con
carabina y con pistola y era inteligentisimo y poseia una copiosa
biblioteca tocante al arte culinario. Los mas altos personajes se
sentian lisonjeados cuando oian decir que Pinedo elogiaba a su cocinero.

--?Cuando has estado en el colegio, Pacita?--le pregunto en voz baja
Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia.

--Pues el viernes; ?no sabes que mama nos lleva todos los viernes a
confesar? ?Y tu?

--Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mama y yo nos
confesamos cada mes.

--?Y se conforma con eso el padre Ortega?

--A mi no me dice nada.... No se si a mama....

--No le dira, no: ya sabe muy bien donde pone el pie. ?Has visto a las
de Mariani?

--Si; hace pocos dias, en el Retiro.

--?No sabes que Maria se ha echado un novio?

--No me ha dicho nada.

--Si, de caballeria ... hijo del brigadier Arcos.... iUn tio mas
desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como
si saliese del hospital.... Ya ves, como la mama es querida del
brigadier ... todo queda en casa.

--Y tu, ?sigues con tu primo?

--No te lo puedo decir. El lunes se marcho enfadado y no ha vuelto por
casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un
pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... iAnda! pues si
no anduviese yo con ojo, no se adonde hubiera parado con la marcha que
llevaba.... ?Sabes que estaba empenado en que le regalase mis ligas?

--iJesus!--exclamo la nina de Calderon riendo.

--Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de
gorrino que no habia por donde cogerle.... Se marcho muy amoscado, pero
ya volvera.

--Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo.

--Lo unico que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya
seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso.

--iQue importa!--exclamo la nina de Calderon con un desprecio que
hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y anadio en seguida:

--?Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement?

--No, los ha encargado mama a Paris por la senora de Carvajal, que ha
llegado el sabado.

--Son muy bonitos.

--Mas que los que hace Mme. Clement ya son.

Y se enfrascaron por breves momentos en una platica de moda.

La nina de Calderon, que era bastante fea, poseia, no obstante, cierto
atractivo que provenia acaso de sus cortos anos, acaso tambien de una
boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la
sensualidad habia dejado su sello. La ultima de Alcudia era una chicuela
de temperamento enfermizo, que no tenia mas que huesos y ojos.

--Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de
sombreros--, ?sabes que el ultimo dia que he estado en el colegio les
lleve el retrato de mi hermanito?... Veras que paso mas gracioso. Lo han
retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana Maria de
la Saleta no queria ensenarlo a las ninas. Las chicas comenzaron a
gritar: "iqueremos verlo! iqueremos verlo!" ?Sabes lo que hizo entonces?
Pues lo fue ensenando con la mano puesta encima, dejando solo ver el
pecho y la cabeza.

--iChica, que gracia tiene eso!--exclamo Pacita soltando la carcajada.

Esperanza la secundo, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por
llamar la atencion de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvio
a dirigir a su hija una mirada severisima.

Pages:
1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 | 29
Copyright (c) 2007. topknownbooks.com. All rights reserved.