La Puerta de Bronce y Otros Cuentos by Manuel Romero de Terreros, Marqu,s de San Francisco
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MANUEL ROMERO DE TERREROS Y VINENT
MARQUES DE SAN FRANCISCO
LA PUERTA DE BRONCE
Y OTROS CUENTOS
1922
Sentado en un amplio sillon de velludo carmesi, al lado de ancha
ventana, el Cardenal de Portinaris estaba dictando su testamento. A
la primera clausula que contenia su profesion de Fe, habia logrado
dar un giro distinto del acostumbrado, de manera que a la par de un
compendio de la Religion Catolica resultaba un verdadero opusculo
literario. El Prelado, muy satisfecho, prosiguio a enumerar cada uno
de sus bienes, y al hacerlo, parecia que iban arrancandose las mas
hermosas paginas de la historia del arte. El notario escribia a toda
prisa y, a pesar de estar muy acostumbrado a ese genero de trabajos,
se fatigaba en grado sumo, y gruesas gotas de sudor aparecian sobre
su calva frente.
Terminadas las clausulas preliminares, el Cardenal hizo una pausa y
dirigio la mirada vagamente a traves de la ventana de su estudio. La
Plaza del Duque era un hervidero de gente, y el Prelado seguia con
la vista el ir y venir de carruajes y peatones. Transcurrio algun
espacio de tiempo; el notario se paso el panuelo por la frente
varias veces, y por fin observo timidamente:
--?Si, Eminencia?
Pero el Cardenal permanecia callado.
--?Si, Eminencia? insinuo de nuevo el letrado.
La verdad era que el Cardenal Diacono de la Basilica de Santa Maria
de las Rosas estaba perplejo; no encontraba a quien nombrar
heredero. Miembro de una de las mas esclarecidas familias de
Toscana, con el terminaba su ilustre progenie: su unico sobrino, el
Conde Fabricio de Portinaris, se habia marchado a America hacia
quince anos y no se habia vuelto a tener noticia de el. Ministros
diplomaticos y agentes consulares, por mas averiguaciones que
hicieran, no habian podido proporcionar ningun informe, y todo el
mundo consideraba que el Conde habia muerto. Desde sus primeros
anos, don Fabricio habia dado pruebas de un caracter indomable, su
bolsillo fue siempre un pozo sin fondo, y no era secreto para nadie
que sus locuras habian conducido a su madre a un sepulcro prematuro.
Los ojos del Cardenal se empanaron de lagrimas y durante largo
tiempo estuvo pensando a quien nombrar heredero. Sabia que las
llamadas obras de beneficencia poco podrian aprovecharse de una
fortuna que consistia mas bien en objetos de arte que en bienes
materiales, y doliale el alma al pensar que estos fueran a parar a
manos del anonimo e insipido personaje que se llama el Estado.
Decidio por fin legar todo su caudal a algun amigo, y resolvio
hacerlo a favor del Principe de Sant' Andrea, procer bondadoso y
magnanimo Mecenas.
--Instituyo por mi unico y universal heredero, empezaba a dictar el
Cardenal, cuando sono leve toque en una puerta.
--iAdelante! exclamo el Prelado, y aparecio en el umbral un
sirviente vestido de negro. Adelantose este y presento en una
salvilla de plata una tarjeta, que el Principe de la Iglesia tomo
con cierto gesto de enfado. Si al leer en ella: "El Conde Fabricio
de Portinaris" experimento alguna sorpresa, pudo dominarla en
seguida, pues con tono tranquilo dijo al notario:
--Ramponelli, manana terminaremos. Puede Vd. retirarse.
El notario recogio sus papeles, metiolos dentro de un cartapacio, y
con este bajo el brazo, fue a besar el anillo cardenalicio, y salio
de la estancia despues de hacer profunda reverencia.
En seguida ordeno a su camarero:
--iQue pase el Conde!
Don Fabricio de Portinaris rayaba en los cincuenta anos. Era
extraordinariamente delgado y bajo de cuerpo; tenia la nariz
aguilena, el cabello entrecano y el rostro tan lleno de arrugas, que
a primera vista aparecia estar sonriendo continuamente.
Al verlo entrar en el estudio, su tio ni se inmuto ni se puso de
pie: solo dijo secamente, dirigiendo involuntaria mirada al retrato
de Cesar Borgia que pendia en uno de los muros.
--No esperaba veros mas, sobrino. Crei que habiais muerto.
--Aun vivo, Eminencia, repuso el Conde sonriendo, e hizo ademan de
besar la mano del Prelado, pero este la retiro disimuladamente
indicando con ella una butaca cercana. Tomo asiento el Conde, y
despues de unos instantes de embarazoso silencio, dijo:
--He llegado esta manana, y crei de mi deber, antes que nada,
saludar a vuestra Eminencia.
--Os lo agradezco, contesto el Cardonal, tomando polvos de su
tabaquera de oro. Y, decidme, prosiguio, ?encontrasteis en el Nuevo
Mundo todas aquejas cosas que aqui echabais de menos? ?Aquella
libertad, aquella cuantiosa fortuna, aquella igualdad encantadora
entre los hombres, aquella (aqui sonrio el Cardenal) verdadera
democracia?
--Encontre en el Nuevo Mundo, Eminencia, lo mismo que en Europa.
Quince anos he vivido una vida angustiosa, y hoy vengo a impetrar
vuestro perdon y a morir en mi pais.
Fue tal su acento de sinceridad, que el Cardenal se puso de pie
solemnemente y bendijo a don Fabricio de Portinaris. Era la hora del
ocaso y los rayos del sol que se ponia hacian mas intensa la roja
vestidura del procer.
Al principio el regreso del Conde fue escasamente comentado en la
Ciudad, porque habia casi, desaparecido su memoria. Pero pronto
volvio a hablarse de el, porque el Cardenal de Portinaris, a pesar
de su robusta salud y no avanzada edad, decaia notablemente, y un
mes despues se hallaba al borde del sepulcro. No falto quien hablase
en voz baja de sutiles venenos traidos de America y alguien recordo,
en plena tertulia, que los Portinaris descendian de Cesar Borgia. Al
fallecer el Prelado y abrirse su testamento, se supo que habia
legado todos sus bienes a Don Fabricio.
El nuevo Principe se ausento enseguida de la Capital, y establecio
su residencia en una _villa_ cercana, en donde llevo una vida
retirada y tranquila. A las pocas personas con quienes trataba,
referia que estaba escribiendo sus memorias.
Pero pasados algunos meses, decidio regresar a la Corte y alli se
dijo que pensaba dar grandes recepciones en su palacio, pues deseaba
contraer matrimonio y llevar la vida que correspondia a su clase.
No viene al caso hacer una resena del Palacio de Portinaris, porque
ha sido descrito mil veces. En toda obra referente al Arte del
Renacimiento ocupa preferente lugar, y es conocidisimo aun de las
personas que jamas han visitado la Ciudad Ducal. Baste recordar que,
entre las innumerables obras de arte que encierra, quiza sea la mas
notable la hermosa reja de entrada, labrada en bronce con tal
maestria, que todos estan acordes con atribuirla al autor de las
puertas del bautisterio florentino. En los tableros inferiores se
destaca, en alto relieve, la historia de aquel Hugo de Portinaris
que, despues de defender heroicamente la fortaleza del Borgo, fue
degollado, junto con su mujer y sus dos hijas, por el victorioso y
sanguinario Orlando Testaferrata. Gruesos, pero exquisitamente
labrados, barrotes abalaustrados sostienen el medio punto que la
remata, en cuyo centro campea orgullosamente, la puerta que
constituye las armas parlantes de la familia, mientras que coronas,
tiaras, espadas y llaves cruzadas, pregonan por doquier los grandes
honores que esta ha gozado desde tiempo inmemorial.
Llego el Principe a su palacio con las primeras sombras de la noche.
Al ascender la escalera de honor, sintio un desmayo y hubiera caido
al suelo, si no se apoyara en el pedestal de una estatua, que
decoraba el primer descanso. Repusose enseguida, y atraveso con paso
rapido la larga galeria del Poniente, seguido de su mayordomo, y
entro en la camara, llamada del Papa Calixto, que habia sido
dispuesta para su dormitorio. Era amplisima y, a diferencia de las
demas estancias del palacio, relativamente sobria. Pocos pero ricos
muebles la exornaban y el techo carecia de _plafond_ alegorico,
motivo por el cual el Principe la prefirio a las demas, pues, como
dijo sonriendo al mayordomo, no queria estar viendo los angeles y
mujeres desnudas de Julio Romano desde su lecho.
Aquella noche, don Fabricio tomo ligerisima comida, y despues se
instalo en su gabinete, a escribir, hasta hora muy avanzada. El
vasto edificio estaba sumido en el mas profundo silencio, pues toda
la servidumbre se habia retirado a descansar, y solo podia oirse el
rasguear de la pluma sobre el papel. Larga fue la carta que escribio
el Principe, y bastante tiempo tomo en leerla y hacerle algunas
correcciones. Por fin la doblo cuidadosamente, y despues de haberla
metido dentro de un sobre grande, la dirigio a una persona de vulgar
apellido, residente en la Republica del Panuco. Se disponia a
lacrarla y sellarla, cuando se dibujo en su rostro una expresion de
sorpresa y de miedo. El gabinete se hallaba contiguo al estudio que
habia sido del Cardenal, y al alzar el Principe la cabeza en busca
del sello, noto que por debajo de la puerta de comunicacion con
aquella estancia, se veia una brillante raya de luz.
Don Fabricio, pasados algunos instantes de sobresalto, logro
dominarse y hasta sonreir; y levantose de su asiento para ir a
apagar la luz, que inadvertidamente habria dejado algun criado
encendida en el estudio. Abrio la puerta resueltamente, ... y ise
helo su sangre! Sentada en el sillon, con su tabaquera abierta en la
mano derecha, y los dedos de la izquierda en ademan de tomar unos
polvos, hallabase la procer figura del Cardenal de Portinaris.
--No esperaba veros mas, dijo lentamente. Crei que habiais muerto,
sobrino.
Presa del mayor terror, don Fabricio huyo, llamando en alta voz al
mayordomo y otros sirvientes; pero nadie acudia en su auxilio, y
recorrio las galerias dando voces que retumbaban en las bovedas de
la senorial mansion.
--iAntonio, Bernardo, Julio, Gilberto! gritaba, pero nadie queria
contestar, y con verdadero pavor bajo, puede decirse que rodo, la
escalera, y corrio a llamar al conserje. Grandes golpes dio en su
puerta con ambas manos, pero nadie oia sus desesperadas voces
de terror.
Acercose a la entrada de palacio y quiso abrir la puerta de bronce
que la cerraba; pero por mas esfuerzos que hizo, no pudo lograr
moverla un milimetro, y por fin, en su desesperacion, concibio la
idea de salir por entre los barrotes, pues a toda costa queria
abandonar aquella casa. Como hemos dicho, don Fabricio era
extremadamente delgado, y decidio intentar pasar el cuerpo por
aquella parte de la reja, en que los barrotes eran mas esbeltos y,
por consiguiente habia mayor espacio entre ellos.
A la madrugada siguiente, enorme concurso de curiosos se aglomeraba
a la entrada del palacio. La cabeza del Principe, amoratada y
descompuesta, se hallaba presa entre dos barrotes, y los ojos,
saltandosele de las orbitas, parecian mirar con terror el tablero,
en el cual Ghiberti habia cincelado magistralmente la degollacion de
Hugo de Portinaris por el despiadado Orlando Testaferrata.
UN HOMBRE PRACTICO
A AGUSTIN BASAVE.
El Padre Ministro de la Casa de Novicios de la Compania de Jesus en
Espadal era pequenin, de rostro colorado, cabello blanco y expresion
risuena. Deciase que en su juventud tuvo trato con las Musas, pero
si tal fue el caso, ningun resabio de ello adivinabase en el Padre
Hurtado. El Padre Ministro, varon santo si los hay, era ante todo un
hombre practico; pruebas de serlo dio en mil ocasiones, al grado de
hacerse esta cualidad suya proverbial, no solo entre la comunidad,
sino en toda la comarca. Inutil nos parece decir que aquel
establecimiento marchaba admirablemente, como cuadraba a la gran
Institucion de que formaba parte.
Una alegre manana de junio, en que el Padre Ministro comprobaba con
satisfaccion que el consumo de patatas en el mes pasado habia sido
mucho menor que el del correspondiente del ano anterior, un leve
toque en su puerta vino a interrumpir su tarea.
--iAdelante! exclamo.
El Hermano Fuente dio vuelta al picaporte y dijo:
--Padre Ministro; un hombre desea hablarle.
El Padre Hurtado, enemigo de antesalas, fruncio ligeramente el
entrecejo, pero contesto;
--Que pase.
Pocos momentos despues, se presentaba un individuo, cuya descripcion
es ocioso hacer, pues era como miles otros: de cuarenta anos, poco
mas o menos, sano al parecer, y pobre, puesto que el dinero, segun
reza el refran, no puede estar disimulado.
--Buenos dias, Padre.
--Buenos nos los de Dios. ?Que se ofrece?
Padre Hurtado, vengo a ver a usted porque me encuentro en situacion
dificil. No tengo que comer. Desde que paro la fabrica....
--Si os meteis en huelgas, interrumpio el religioso.
--No podia yo nada en contra, y tuve que hacer lo que todos los
companeros. El caso es que el trabajo no se reanuda ni lleva trazas
de serlo. Me muero de hambre, y aunque a Dios gracias, no tengo
nadie que dependa de mi, necesito trabajar. Conozco algo de
jardineria....
--Amigo, dijo el Padre Hurtado, en esta casa no tenemos jardin.
--He trabajado como albanil.
--En esta casa, gracias a Dios, no hay reparaciones ni obras que
hacer por el momento.
--Padre, yo le ruego, yo le suplico que me proporcione algo. Usted
que es un hombre tan practico....
Hay que advertir que todo este tiempo, el Padre Hurtado casi no
habia reparado en su interlocutor, pues mientras sostenia el
dialogo, seguia haciendo numeros; pero al notar un leve acento de
amargura o de reproche en la ultima frase del obrero, alzo la vista
y lo miro fijamente por algunos instantes.
--Repito, prosiguio, que no tengo trabajo que proporcionarle en esta
casa. Pero si quiere usted acudir a nuestro Colegio en Carrion de la
Vega, estoy seguro que su Rector, el Padre Rodriguez, le dara todo
lo que le haga falta.
--Padre, mil gracias, replico el hombre. He confesado y comulgado
esta manana, y estaba seguro que usted me sacaria de apuros. Juan
Gonzalez le sera siempre agradecido. ?Quisiera usted darme, Padre
Ministro, una carta o papel de recomendacion?
El Padre Hurtado tomo una cuartilla, la partio cuidadosamente en
dos, guardando una mitad para uso futuro, y trazo en el papel breves
renglones. La metio dentro de un sobre, lo cerro y dirigio, y lo
entrego a Juan Gonzalez.
Despidiose este, y al abrir la puerta para marcharse, lo detuvo el
Padre Hurtado diciendole:
--Espere un momento, hermano.
Abandono su escritorio, mojo dos dedos en una pila de agua bendita
que colgaba en la pared, y toco con ellos la mano del obrero,
diciendole carinosamente;
--iVaya con Dios!
El Rector de Carrion de la Vega abrio cuidadosamente el sobre que
acababa de entregarle el portero, y extrajo la misiva del Padre
Hurtado; la leyo, y sin alzar la cabeza, miro al Hermano por encima
de sus espejuelos.
--No entiendo esto, dijo. ?Quien ha traido este papel?
--Un hombre a quien no conozco. Parece obrero.
--?No trae ningun mensaje de palabra?
--Nada me ha dicho, Padre.
--?En donde esta este hombre?
--Espera en la porteria.
--Voy a verle.
Ligeramente contrariado, el corpulento Padre Rodriguez se levanto
trabajosamente de su asiento, no sin dirigir la mirada al cumulo de
cartas que habia sobre el escritorio esperando contestacion, y se
encamino a la porteria.
--Buenas tardes.
--Buenas tardes, Padre, contesto Juan Gonzalez, con el rostro
iluminado por la esperanza.
--?Usted ha traido este billete del Padre Hurtado?
-Si, Senor.
--Y ?nada le indico que me dijera de palabra?
--Nada, Padre.
--Es raro. Haga favor de esperar un momento.
El Rector estaba sorprendido. Que un hombre como el Padre Hurtado
hubiera escrito esas cuantas palabras, tan faltas de sentido comun,
era un absurdo. En las galerias immediatas a la porteria encontro al
Padre Procurador y al Primer Prefecto, quienes, al ver a su
superior, levantaron sus birretes respetuosamente.
--El Padre Hurtado se ha vuelto loco, dijo el Rector sin mas
preambulo.
--iImposible! exclamaron a un tiempo los otros dos.
--Entonces, ?como explican ustedes que me envie este billete?
pregunto, y alargo el papel al Prefecto, quien leyo en voz alta los
siguientes renglones:
--"Estimado Padre Rodriguez: Le ruego se sirva dar cristiana
sepultura al portador de la presente. Su afmo. Hermano en Xto.
_Alonso Hurtado, S.J._"
Hubo un silencio. El Padre Ministro de Espadal, tenido por el hombre
mas cuerdo de la Provincia no podia haber escrito esas palabras.
Instintivamente, los tres religiosos se dirigieron a la porteria
para interrogar a Juan Gonzalez, seguros de que se trataba de
una broma.
Pero Juan Gonzalez, yacia en el suelo, boca arriba, con los ojos muy
abiertos. Dos hilos de sangre negra manchaban su labio superior, y
tenia la mano izquierda crispada contra el pecho.
SIMILIA SIMILIBUS
A LUIS CASTILLO LEDON.
Como ya murio el celebre homeopata Dr. Idiaquez, puedo divulgar el
secreto que me impuso bajo mi palabra.
Hace precisamente diez anos que principio la extrana dolencia que
motivo mi visita a aquel facultativo, y cuya rapida curacion fue el
primer escalon de su fama. Desde pequeno fui enfermizo y debil, por
lo cual puedo decir, sin gran exageracion, que toda mi ninez y la
mitad de mi juventud las pase en consultorios de doctores. En
verdad, era una maravilla para todos mis allegados que fuese yo
viviendo. Apenas cumpli los treinta anos, empece a sufrir los mas
agudos dolores de cabeza que puedan imaginarse, los cuales de dia en
dia aumentaban al grado de hacerme la vida un verdadero martirio.
Solamente descansaba yo de ellos cuando dormia, razon por la cual
procure cortejar a Morfeo incesantemente.
Pero llego el dia en que ni aun el sueno pudo ahuyentar mis
sufrimientos; y lo mas extrano del caso era que, a medida que sonaba
las cosas mas fantasticas y hermosas, mas agudos eran los dolores
que me torturaban. Se comprendera, por lo tanto, que entonces quise
huir del sueno, apurando fuertes dosis de cafe: y esperaba yo la
muerte como una ansiada liberacion. Mas, a pesar de todos mis
esfuerzos para permanecer despierto y del horror con que veia yo
llegar la noche, me vencia al fin el sueno, y en seguida
presentabanse a mi mente las mas peregrinas visiones que puedan
imaginarse, aun en ese mundo inexplicable. Lluvias de estrellas,
kaleidoscopicas auroras, extranas floraciones, embargaban mi mente
de continuo; a veces, sobre un mar fosforecente veia yo navegar
hacia mi un galeon de oro con velamen de carmin y grana, mientras
indescriptible armonia sonaba en mis oidos. Y a medida, repito, que
aquellas visiones eran mas hermosas, mas agudo era el dolor que
atormentaba mi cerebro. Y tal terror se posesiono de mi alma, que no
comprendo como no fui a parar a un manicomio.
Ninguno de los facultativos que consulte encontraba remedio a mi
mal, y no puse termino a mis dias con mi propia mano, gracias a mis
principios religiosos. Por fin, siguiendo el consejo de no recuerdo
que medico famoso, determine que varios de los doctores mas
eminentes de la ciudad se reunieran en consulta, y despues de dos
horas del mas penoso interrogatorio, pronunciaron mi sentencia. Mi
mal era incurable y degeneraria en locura; el tumor que se habia
formado en mi cerebro era inoperable y la muerte se aproximaba,
aunque lentamente.
Sali de aquel consultorio como un hombre beodo. He dicho que muchas
veces habia deseado la muerte, y sin embargo, aquel dia amaba yo la
vida, a pesar de mis horribles sufrimientos. Embargada mi mente,
como debe suponerse, camine hacia mi casa por calles apartadas,
temeroso de encontrar alguna persona conocida. Repentinamente, no se
que impulso hizo fijar mi vista en una pequena placa de metal sobre
la puerta de una sucia habitacion. Lei el letrero: "Dr. Idiaquez,
homeopata", y casi sin pensar en lo que hacia, penetre en la casa y
subi la destartalada escalera.
El Dr. Idiaquez era un hombre vulgar y demacrado, y su consultorio
una guardilla sucia y miserable. Ambos me recordaron, enseguida, la
escena del boticario en "Romeo y Julieta".
Expuse mi mal y la opinion de los facultativos a quienes consultara,
y el Dr. Idiaquez me escucho con la mayor atencion.
--La enfermedad de usted, me dijo al fin, es extrana,
indudablemente, y proviene en efecto de un tumor que se ha formado
en su cerebro; pero no solo no es incurable, sino que puedo librarlo
de ella en tres dias.
--iComo! exclame, no queriendo creer lo que escuchaba.
--Sencillamente, respondio con mucha calma. Aqui tiene usted estos
globulos que tomara usted cada tres horas: tres del frasco marcado
A. y cuatro del marcado B., alternativamente. Hoy es lunes; el
viernes proximo vendra usted a verme, ya curado.
Pague su modesto honorario, y baje la escalera rapidamente, como si
volara en alas de la esperanza. La tarde estaba tibia y perfumada, y
la puesta del sol parecia un incendio en los montes lejanos.
Aquella noche, por primera vez, me abandonaron mis sufrimientos,
pero los bellos suenos tambien huyeron, y fui atormentado por
horribles pesadillas. Estas aumentaron a tal grado en las dos noches
siguientes, que puedo asegurar que ni el Dante pudiera imaginarselas
en lo mas profundo del Averno.
Por fin llego el ansiado viernes, y efectivamente, libre de todo
sufrimiento fisico y moral, subi la destartalada escalera que
conducia al consultorio del Dr. Idiaquez. Este me recibio
afablemente, y me aseguro que mi curacion era definitiva. Ese dia
compre un busto de Hahnmann y lo coloque en lugar prominente de mi
biblioteca.
Inutil me parece decir que la noticia de mi rapida curacion se
extendio por todo el pais, y el nombre del Dr. Idiaquez en seguida
se hizo celebre. De alli en adelante, efectuo las mas sorprendentes
curaciones, y al cabo de poco tiempo, reunio una fortuna
considerable. Lo que mas intrigaba a sus pacientes era que jamas
recetaba, sino que el mismo proporcionaba las medicinas, marcandolas
generalmente con letras, aunque a veces tambien con numeros.
Naturalmente, contraje con el vinculos de estrecha amistad y lo
visitaba a menudo en su nueva y lujosa casa. Un dia me atrevi
a decirle:
--Doctor, hace mucho tiempo que he querido hacerle una pregunta.
--?Cual es?
--?De que se componian los globulos que me proporcionaron mi
maravillosa curacion?
--Amigo mio, ese es mi secreto; pero puesto que a usted le debo mi
fortuna, se lo dire, si me promete, si me jura, no decirlo mientras
yo viva. En cuanto muera, queda usted en libertad para proclamarlo a
los cuatro vientos.
Hice la promesa requerida, y con una sonrisa muy triste,--nunca he
visto en la cara de un hombre una sonrisa mas triste,--dijo el Dr.
Idiaquez lentamente:
--Los globulos marcados "A" se componian de agua y azucar; los
marcados "B" de azucar y agua.
EL AMO VIEJO
A LUIS GARCIA PIMENTEL
La familia Hernandez de Sandoval, opulenta hace diez anos y hoy casi
en la miseria, era una de las mas respetables de la ciudad de
Mexico. Como base principal de su fortuna figuraban las extensas
haciendas que poseia, desde los tiempos de la conquista, en el hoy
denominado Estado de Morelos, comarca fertilisima, en donde se
cultiva con preferencia la cana de azucar. Conservan muchas de las
haciendas mexicanas el caracter de fortalezas que supieron darles
sus primeros poseedores, mientras que otras, que no se distinguen
por su arquitectura, abundan, en cambio, en bellezas naturales; todo
lo cual hace que una visita a una de estas fincas no carezca,
generalmente, de interes.
A pesar de la estrecha amistad que unia a los Hernandez de Sandoval
con mi familia, desde largos anos, no habia yo tenido ocasion de
visitar ninguna de sus haciendas, aunque ellos si habian pasado
largas temporadas en la nuestra, situada en el centro del pais; de
manera que, en cuanto se ofrecio la oportunidad de acompanar al hijo
de la casa, Antonio, pudiendo desprenderme de mis no multiples, pero
si imprescindibles quehaceres, la aproveche gustoso para ir en tan
grata compania a recorrer la finca principal de su casa, celebre por
su riqueza y encantos naturales.
Salimos de Mexico en la noche de un diez de agosto, y llegamos en la
madrugada a la historica ciudad de la Puebla de los Angeles. Todo el
dia siguiente lo pasamos a bordo del ferrocarril, viaje molesto por
el excesivo calor que se dejaba sentir y que nos quito toda gana de
admirar el trayecto, rico y variado en cultivos y panorama.
Cansados y agobiados por la alta temperatura, llegamos a las
primeras horas de la noche a una pequena estacion, de cuyo nombre
indigena no quiero acordarme, y en donde nos esperaba el
Administrador de la hacienda y varios mozos, con sendas caballerias.
Emprendimos desde luego la caminata, y, ya fuera porque la noche en
el campo se hallaba relativamente fresca, comparada con las
molestias del ferrocarril, o porque veia yo proximo el fin de la
jornada, el trayecto me parecio corto. A poco de abandonar la
estacion, vi dibujarse en las sombras de la noche la silueta de la
enorme mole que constituia la famosa hacienda de San Javier. Y esta
silueta, borrosa al principio, fue definiendose rapidamente,
permitiendo darme cuenta, primeramente, de la alta chimenea del
ingenio, despues, de la gallarda torre y esbelta cupula de su
iglesia, de las troneras de las azoteas y, en fin, de todos los
principales detalles del edificio.
Poco o nada habiamos hablado, y suponiendo que Antonio me ensenaria
al dia siguiente todos los pormenores de la hacienda, me abstuve de
hacer preguntas; pero, al entrar en el enorme patio, o mas bien
plaza, que habia delante del edificio, me sorprendio de tal manera
la extrana silueta de un hombre sobre el pretil de la azotea, que no
pude menos que exclamar: